hace algo menos de dos meses decidí arriesgarme para cambiar mi mundo. Adoraba a mi familia, a mi ciudad adoptiva, a mi ciudad real. Muchos conocidos, más cercanos que lejanos, apostaron por una despedida melancólica y desgarradora, a tal punto de lanzar esa soga invisible para evitar mi partida.
Sin embargo, raramente sucedió todo lo contrario. Me sentí como ese pájaro a quien le abren esa jaula en donde siempre tuvo todas las comodidades. Simplemente me fuí sin mirar atrás. Las despedidas fueron superficiales y rápidas, evitando que la nostalgia me abrazara fuertemente.
Poco a poco, segundos después, una gran expectativa invadía mi pensamiento. Y pronto esta peleaba contra el cansancio, por mantener su lugar.
Viajé durante 35 horas, incluidas las escalas. Nada de lo soñado sucedió. Ningún tripulante de ningún avión o ningún viajero intentó acercarse para aprovechar la noche más larga de mi vida. En esas 19 horas nocturnas, mis ideas simplemente clamaban por tener un poco de adrenalina en mi ser, cualquiera que fuera, diferente a la que sentía por querer llegar a mi nuevo lugar de vida.
Pero llegué, a esa ciudad soñada; a esa ciudad que es la mejor del mundo para vivir. Y fué allí cuando empezó mi corazón a latir fuertemente, a desear empezar a vivir, sintiendo que todos los años de mi vida los había pasado ahí, como mirando por la ventana.
Tomé el bus que sale del aeropuerto, rumbo a la ciudad a encontrarme con ese ahora amigo, examante de siempre, que abrió las puertas de su casa para alojarme por algo menos de una semana. Pues después debía continuar mi travesía hasta llegar al sitio en donde había decidido vivir mis próximos 10 meses.
Sin embargo, él no pudo asistir a encontrarse conmigo por cuestiones de trabajo. Por tal razón envió a su compañero de juergas en esta ciudad. El reencuentro no pudo ser menos imaginario. Mil veces soñé tal persona; mil veces soñé tal bienvenida; mil veces soñé con algo así. Y esas palabras de saludo jamás las olvidaré pues siguen dando retumbos en mi cabeza: Bienvenido a su nuevo país. Más cuando un aura de deseo y locura nos invadió tan pronto nuestras manos se tocaron.
-Quiere café, agua u otra cosa para tomar? preguntó la azafata... me incorporé rápidamente tratando de que ese recuerdo, esa realidad, ese deseo no se esfumara... pero se fué, pues hacía parte de esas ideas que son incompatibles con el mundo real. Aún faltaban dos horas para llegar a la gran ciudad y me habían despertado....
No hay comentarios:
Publicar un comentario