La besé como siempre lo hago, demostrando el profundo amor que le tengo. Diariamente me despido en las mañanas cuando salgo de nuestra casa. Ella se va a continuar sus estudios de diseño y yo corro a entrar en el incontrolable mundo le las letras.
8:50 de la mañana y esta vez el mundo parece el mismo de siempre... los adictos a los libros, con sus gafas estrambóticas y gruesas, y sus peinados despeinados, algunos oliendo al humor de la mañana, saludan como si el día anterior hubiera sido hace unos cuantos minutos. Y deseo no estar ahí, queriendo correr a buscarla, para hacerle compañía como lo hago en mis noches, en sus noches, en nuestras noches. Y recuerdo que decimos que nos amamos y que nuestra comida quedó deliciosa, recordando el sabor de nuestro pasado.
Huyo del mundo de mi salón de clases, clavando mis ojos en esas letras que escribió ese desconocido, ayudándome con esa música chillout que normalmente pero de forma extraña sale por mis audífonos conectados a mi ipad.
Todos son los mismos. Todos huelen feo. Todos chasquean cuando en el temprano break de las 11 de la mañana comen sus almuerzos porque es hora del lunch.
8:50 de la mañana y esta vez el mundo parece el mismo de siempre.... doy la espalda a esa puerta común. Doy la espalda porque huyo desenfrenadamente. Solo quiero a mi profesor frente a mí. Solo quiero ler. Solo quiero discutir y nada más.
El tropiezo del afán en mi silla hace desviar mi mirada de las letras concentradas del libro. Sin embargo no deseo saber quién se ha atrevido volver real mi gran mundo imaginario. Creo que cualquiera de aquellos quiere sentarse junto a mí, aprovechando mi interesante forma de crítica mundana en los momentos de discusión.
Inevitablemente pude ver su mano corriendo la silla. Una mano nueva, que grita para que mis ojos lleguen a su mirada.
Hola, me dice. Y no pude resistirme a ese acento francés acompañado de unos rizos dorados, y una cara perfectamente diseñada, de ese hombre que se llama Gérard, pero que es el modelo actual del David de Miguel Angel.
No pude resistirme de verdad. Su belleza realmente imaginaria, me envolvió de tal forma, que sentí que mi vida dependía de un hilo. Alcancé a sentirme enamorado. Como cuando Basil conoció a Dorian en esa eterna historia de Oscar Wilde. Solo pude decirle mi nombre y sentir que no era nadie en esta vida, pues toda la belleza que fué repartida en todos mis conocidos, se había ido rápidamente a una sola persona en este mundo.
Viene de Suiza. Hace deporte. Habla francés. La clase rápidamente termina. Y hablamos como si fuéramos los únicos seres en ese mundo, en esa clase de letras...
Tal vez fué evidente nuestra empatía, la cual termina en un suave pero decidido apretón de manos como despedida y un te veré mañana? entre una sonrisa espontánea pero inexplicable. Sus ojos me miraron y me han confundido aún más. No porque crea que nos gustamos. Sino porque simplemente siento que se llevó todas las palabras que tenía guardadas para explicar tal situación.
Y llega María, bella como siempre, a compartir su rato de almuerzo conmigo...
Mañana será otro día. De pronto podré volver a escribir, pues evidentemente no dije nada en estas líneas.